sábado, 22 de noviembre de 2008

¡Huija, canejo!

En el último post (allá lejos y hace tiempo) comenté mi primer contacto con El Quijote, el cual fue a través de una versión adaptada para historieta. Casi inevitablemente, diría, en este nuevo comentario no podía más que abordar mi experiencia de lector de historietas.
No recuerdo con precisión cuál fue la primera historieta que leí. Sí recuerdo haber hecho una sobre el hombre araña alrededor de los 7 u 8 años; en esos años también veía como fanático unos dibujitos sobre el mismo héroe que se transmitían por canal 13. Quizá alguna historieta de el hombre araña debió de haber caído en mis manos, la cual me debe de haber servido como modelo e inspiración.
Otras historietas que leí de niño fueron las de la serie V, invasión extraterrestre y Condorito. Respecto a esta última, la asocio con un viaje en ómnibus. Extrañamente lo que no recuerdo es el destino; pero tengo la impresión por quienes me acompañaban (mi madrina, primo y una de mis hermanas) que tal vez fue La Falda. Respecto a la historieta de la serie de ciencia-ficción, años después hice una historieta. Recuerdo incluso el papel que utilizaba, que era el que se consigue en los baños de locales públicos para secarse las manos. De él me gustaba la rugosidad y el efecto que le daba a la tinta cuando era absorbida, aun cuando tenía el riesgo de que ante la menor equivocación en el trazado o en los diálogos debía rehacer el trabajo.
Otra de las historietas que leí en mi niñez fue la de Patoruzú y sus alter egos. Lo descubrí a los 9 años cuando fui a pasar mis vacaciones de verano a la casa de unos familiares en Olavarría. Allí tenían la buena costumbre de leer historietas canjeadas en el kiosco. Como éramos muchos, debía esperar mi turno, y casi siempre era el último. Pero eso no me importaba. Casi diría que era mejor porque no debía padecer el apuro del que estaba esperando su turno. Recuerdo a uno de mis primos, Jorge, leyendo recostado sobre la reposera con una rapidez tal, mecánica, que hoy me parece que más que disfrutar con la lectura estaba realizando un trámite. En cambio, yo podía detenerme en cada viñeta, observar la cara de miedo de Isidorito tras los pasos de Patoruzito en sus correrías; o la cara pícara de Isidoro pergeñando embustes para arrancarle patacones a Patoruzú; o el rostro vergonzoso de Patora al encontrarse con alguno de sus infinitos pretendidos, aun cuando todos supiéramos que en su corazón su único "tipo" era el Padrino.
Finalmente, este año leí El Eternauta, de Oesterheld. Me atrevería a decir que es la primera historieta canonizada de nuestro país. Creo que ello ha sido impulsado más por cuestiones políticas e ideológicas que por su valor artístico. Me pregunto si está bien que, a causa de que su autor sea un desaparecido y que se considere la obra como un paradigma de resistencia contra la opresión, tenga hoy el lugar de privilegio que se le asigna dentro del sistema de la historieta argentina. El especialista de historietas Hernán Ostuni sostiene que Mort Cinder fue la mejor producción de Oesterheld, en el número 57 de la revista Sudestada de abril del 2007.
Debo confesar que yo caí en la trampa de la canonización. Así este año trabajé El Eternauta en un 1º año de ESB. No tuve la respuesta esperada; no fue que no les hubiera agradado a los alumnos, pero tampoco se entusiasmaron. Y a decir verdad a mí me sucedió lo mismo. Mi historieta favorita, por encima de canonizaciones y programas y contenidos curriculares, sigue siendo Patoruzú, especialmente cuando aparecen el Padrino, Upa, Patora y el indio tehuelche. Quizá no sea un paradigma de la resistencia contra la Dictadura. Encima tiene dos cualidades aparentemente contradictorias: ser indio y rico. Tampoco lo recuerdo rebelándose contra gobiernos militares. Patoruzú es lo más parecido a un sujeto apolítico. Con todo sigue siendo, repito, mi historieta preferida, aquella asociada indisolublemente a mi infancia, a mi historia de lector, a aquella época de vacaciones en la cual esperaba ansiosamente que mi prima retornara del kiosko y me pasara la posta de ese manojo de hojas en blanco y negro del cual asomaban tantos canejos, huijas y cheis.
A continuación, un video sobre Patoruzú